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Florencia Peña: “Al pueblo siempre hay que escucharlo, y está disgustado”

La actriz, ahora jurado de Got Talent, se encuentra en un gran momento a nivel personal y laboral. En esta charla abierta, cuenta su experiencia como mamá de 3 hijos de edades diferentes y también sus expectativas a la hora de pensar en el futuro del país

Florencia Peña: “Al pueblo siempre hay que escucharlo

28 Ago, 2023
Por Tatiana Schapiro
“Me emociono mucho. Soy la llorona del cuarteto”, afirma Florencia Peña sobre su rol de jurado de Got Talent, donde la acompañan Abel Pintos, La Joaqui y Emir Abdul en el jurado del show que conduce Lizy Tagliani. Y aunque el formato requiere que algunos participantes pasen de ronda y otros no, la actriz y conductora asegura que buscan ser amorosos incluso cuando deben expulsar a un participante, porque saben que detrás de cada historia hay mucho trabajo y un sueño por cumplir.
“En mi camino ha habido muchos no, y esos no me construyeron. Esos no me hicieron ser quién soy hoy. Me dieron templanza. Construyeron mi carácter”, destaca la actriz y conductora, que no para de trabajar. Y aunque reconoce que le cuesta decir que no, le ofrecen muchas más cosas de las que hace.
—Venís de hacer un millón de funciones en el teatro con Casados con hijos, estás grabando Got Talent, se viene Mamma Mía y te vas a conducir a México. ¿No es mucho?
—Soy entusiasta de mi profesión. Después de 40 años tengo que encontrar dónde vibrar, porque me cuesta. Pasé por muchas cosas. Cuando pienso qué me gustaría hacer siempre pienso en superar mi marca, en hacer algo que me devuelva otra mirada sobre mí, y eso hoy es Got Talent: es estar sentada observando, no haciendo. Por los años que llevo haciendo lo que hago, tengo una mirada sobre el arte, sobre la vida. Tengo un pensamiento, me gusta compartirlo. Esta es una faceta que amo. Pero después de repente aparece un musical, y soy fana de hacer musicales, y me sale la posibilidad de conducir un reality en México que nada que ver. Esa cosa de desplegarme me fascina.
—La Isla de las Tentaciones.
—Sí. Qué raro que me hayan elegido a mí (risas). Es rarísimo esto chicos.
—¿Es verdad que están tras Benjamín Vicuña también?
—Que dupla, ¿no? Sería una dupla hermosa (risas).
—¿Es el formato que acá hizo Juan castro?
—Claro, pero éste es el formato tradicional. Llegan parejas que están en crisis, que vienen a probarse, parejas abiertas o lo que fuere, y se van las mujeres por un lado, los hombres por el otro, y que pase lo que pase. Necesitaban una conductora que, aparte de conductora, fuera un poco empática para bancar la parada porque hay un momento donde te voy a mostrar lo que está haciendo tu marido. Y un poco te querés morir.
—¿Tu vínculo con el dinero cómo es?
—El dinero es una energía y para mí es como una rueda. Yo no soy una mina muy ahorrativa. Lo utilizo para la experiencia. De hecho en mi casa no se habla de dinero. No somos una familia que hablamos de tener cosas.
—¿Pero lo administrás vos? ¿Negociás vos tus contratos?
—No. Soy un desastre, no sabés lo que soy. Tengo a mi primo, que es mi mano derecha en esos términos, que me ayuda mucho.
—¿Estamos seguros de que no van a cortar la luz este mes en tu casa?
—Estamos seguros porque me la han cortado muchas veces. No por no tener para pagar, aunque he tenido muchos momentos donde no tenía para pagarla. Pero me refiero a que me lo olvidaba. No solamente la luz: el gas, el teléfono… En casa charlamos mucho de que para nosotros el tener la posibilidad de viajar, de compartir, es nuestra meta con el dinero.
—¿Cómo anda la señora casada?
—Muy bien. Para nosotros igual el casamiento fue más hacer dos jodas que otra cosa.
—Y ahora vas a hacer la joda de los 15 de tu hijo Juan.
—Fue muy genial. Vos sabés que nosotros somos una familia muy disruptiva. Vino mi hijo Juan, que está recontra loco, y me dice: “Mirá mamá, yo quiero decirte algo, a mí me gustaría que charlemos de por qué los hombres no podemos tener nuestra fiesta de 15″. Le digo: “No entiendo por qué no podés tenerla”. “Bueno, entonces me gustaría incentivar a otros a que la tengan”. Así que ahí vamos. Vamos a por ello. Con la Claudia (Villafañe), que se lo está armando.
—Y Claudia, que a partir de ahora se va a volver la organizadora de las fiestas de 15 de los hombres en la Argentina.
—La Claudia nos ayudó a organizar a nosotros el casamiento y nos divertimos, nos hemos reído a carcajadas. Y ahora le fascina la idea de seguirlo a Juan en sus locuras.
—Juan tiene esa cabeza porque tiene esta mamá también.
—Obvio. El lado A de la libertad es Juan. El lado B de la libertad es mi hijo más grande, que me dice: “Mamá, ¿por qué no me impusiste cosas? Porque yo ahora tengo que decidir”. En mi casa somos una familia libre pero también somos una familia que conversamos mucho.
—¿Y el chiquito?
—Tiene cinco ya, que son cinco para 45 (risas). Felipe está recontra loco pero desde otro lugar. Es como un señor mayor, tiene un humor de chico grande.
—El casamiento fue festejar, ¿pero cambió en algo el vínculo?
—No.
—¿Ustedes siguen un poco en Salta y un poco acá?
—No, ahora ya estamos fijos acá, pero porque ya era un quilombo.
—Se fueron haciendo tradicionales al final.
—Tradicionales no vamos a ser nunca, pero sí. Aunque tenemos nuestra casita en Salta, cuando quedé embarazada de Felipe yo ya había sido mamá dos veces, y le dije a él: “Verás vos qué te pasa con la paternidad. No voy a imponerte nada si vos sentís ganas de seguir viviendo a la distancia”. Ganas no eran: él tenía su estudio allá y yo tenía mi trabajo acá, y estábamos muy bien así. De hecho construimos una relación muy linda a la distancia.
—Van a cumplir 11 años.
—Sí. Un montón de tiempo. Y cuando nació Felipe, realmente no podía estar separado de Felipe. No lo pudo soportar. Lo ayudó mucho la pandemia porque pudo convertir su estudio en un lugar virtual. Él no se quería perder la paternidad y a mí me pareció muy bien eso.
—Hoy las nuevas generaciones parecen ser mucho más libres: viven el sexo, el amor, los vínculos y el cuidado del medioambiente de otra manera. Vos fuiste de las mujeres más libres a la hora de hablar de cualquier cosa: sexo, política, pareja abierta, lo que sea. ¿Costó esa libertad?
—No nos costó, fue natural. Yo creo mucho en la biología, que es nuestra adaptación al medioambiente, a una familia, a un entorno. Siento que nosotros somos una familia que biológicamente está preparada para estar juntos. Mis hijos son mis hijos, no son hijos de otra mamá. No es que añoran tener otra mamá. Me conocen a mí, me quieren a mí y me bancan a mí como yo los banco a ellos. Juan fue el que más me llevó al límite de la tolerancia y del entender y el bancar su identidad. Juan en tercero, cuarto grado, iba a la escuela con pulseras, anillos, carteras mías y glitter, y un día se fue disfrazado de conejo con un traje de conejo rosa que era un pijama. Yo, como soy una madre libre, siempre les hablé de las consecuencias de los actos, entonces le dije: “Mirá Juan, te va a pasar esto, vas a llegar a la escuela, te van a hacer volver y te van a explicar que eso que estás haciendo está mal, pero vos bancate la que venga”. Volvió a casa y dijo: “Mamá, mañana vamos todos disfrazados de pijamas”. No solamente no le dijeron que no, sino que él los convenció de que estaba bueno que al otro día todos fueran de pijama. Yo lo hablaba mucho en mi terapia y mi terapeuta me dijo: “Mira Flor, tus hijos están a la altura de ser tus hijos, vos tenés que estar a la altura de ser su mamá”. Y a mí me quedó: yo quiero estar a la altura de los hijos que crié. Y estar a la altura es respetar sus individualidades. No soy la misma mamá con los tres porque no los crío estándar: cada uno de ellos necesita una parte distinta mía. Felipe es más lúdico en este momento y me necesita más en la monería y en la cuestión del juego.
—Y una no es la misma tampoco, igual en la pareja. Los códigos se van replanteando, seguramente.
—Total. Y ellos también entendieron que nosotros habíamos planteado una pareja que fue teniendo su metamorfosis. Tampoco somos los mismos de cinco años atrás o tenemos las mismas necesidades que cuando nos conocimos. Vos pensá que yo venía de un matrimonio largo, de 11 años, con dos hijos; él nunca se había casado, nunca había tenido hijos. Vivíamos a la distancia y nos sirvió ese pacto de relación. Después, con los años fuimos cambiando los acuerdos porque también las necesidades van cambiando. Quizás a lo largo de mi carrera, por haber crecido de alguna manera junto con quienes me han seguido, es que muchas de las cosas que me pasaron pasaron a la luz del que me miraba, y tuve que salir a dar algunas explicaciones que no venían a cuento, pero siempre fui una mina que banqué la parada. Yo elegí determinadas cosas para mi vida y las banqué.
—¿Te arrepentís de esa exposición?
—No me arrepiento de eso, me trajo muchos aprendizajes. Y esos aprendizajes tienen que ver con la evolución, tienen que ver con la edad, tienen que ver con hasta dónde uno necesita ya ponerse el megáfono para ciertas cosas.
—Estamos en un momento difícil.
—Complejo. Por lo menos complejo para ser suaves. Tengo dos cosas para decirte. La primera es que al pueblo siempre hay que escucharlo. ¿Qué quiero decir con esto? Cuando hay un pueblo disgustado, cuando hay un pueblo que está expresándose, porque la democracia en las urnas es donde uno debe expresarse, yo no estoy de acuerdo con la violencia, yo no creo que haya que expresarse de manera violenta. Sí creo que en la democracia uno tiene la posibilidad en las urnas de mostrar su descontento. Eso me parece fantástico, y si los políticos son inteligentes van a saber encontrar en ese mensaje una nueva manera de mirar por dónde podríamos ir. De lo que seguro no estoy para nada conforme ni de acuerdo es de retroceder en materia de derechos. De ir a una Argentina de la que venimos y que nos costó mucho construir. Que no tiene que ver con una mirada de: “Che, es por acá o por acá”; esa la banco, porque la democracia es así. A veces está (de Presidente) quien tiene que ver con mis pensamientos y a veces no, así es la democracia. Lo que seguro no voy a apoyar nunca es la posibilidad de que perdamos cosas y derechos que nos costó mucho tiempo construir. Además, por la historia difícil que tenemos, de volver hacia atrás y de pensar en una Argentina que tenga que ver con los momentos más oscuros nuestros. Eso sí lo voy a defender. No solamente por la frase de no lo quiero para mis hijos: no lo quiero para mí; por ende, no lo quiero para mis hijos. Pero no lo quiero para mí porque yo tengo casi 50 años y si bien era chica en la época del Proceso, soy una persona que muy lectora de la realidad: me gusta mucho la política en el buen sentido, como un arma transformadora, no me gusta la mala política. Pero no porque haya mala política significa que no pueda haber buena política. Siempre voy a estar del lado de por lo menos intentar hacer las cosas bien; después, pueden fallar. Pero hay cosas con las que nunca voy a estar de acuerdo.
—Qué elección complicada.
—Sí, nos dejaron una elección complicada. Tampoco es una posibilidad el voto en blanco porque cuando uno entiende que hay mucha gente que hoy está muy desesperanzada, hay como una sensación de no hay a dónde ir, no hay a dónde llegar, no hay un horizonte. Eso es parte de nuestro ADN. Es como si yo te dijera: “Los argentinos somos resilientes. Somos un pueblo que volvemos a pasar por los mismos lugares, como si el aprendizaje no hubiera sido suficiente”.
—Yo espero que venga algo de alivio, y siempre de la mano de la democracia.
—Obvio. A mí no me parece aberrante la justicia social y somos un país que tenemos una deuda grande justamente en materia de justicia social. Todos saben cuál es mi pensamiento; entonces, desde un lugar muy respetuoso por el pensamiento ajeno, porque eso sí lo aprendí, podemos debatir con ideas. Me encanta el debate, me encanta el disenso, me encanta convivir y vivir la vida con personas que piensan distinto a mí porque, de hecho, tengo más personas que piensan distinto a mí que personas que piensan como yo. Mis grandes amigos tienen pensamientos muy disímiles. Entonces, frente a esa situación, digo: ¿cómo no podemos tener una unidad en la diversidad?, si se trata de eso la vida.
—¿Y cuando se trata de derechos?
—Ahí sí: mancomunados. Ahí vamos a salir a pelearla. No me quites los derechos.
—¿Qué queda de aquella nena de Claypole?
—Soy una niña siempre. Si no fuera una niña no hubiera llegado tan lejos. Pero para mí, eh; no sé cuán lejos llegué con respecto al afuera. Para mí llegar lejos es haber cumplido mis sueños, haberme dedicado a lo que soñé, a lo que elegí. Es crecer. Es seguir sintiendo esa adrenalina que me da cuando me subo a un escenario, cuando elijo un trabajo. Esa niña me ayuda mucho a ser feliz porque ya soy una adulta, y vos sabés que cuando uno se va poniendo adulto se va poniendo más pelotudo, y empezás a perder el disfrute. No te das cuenta de las cosas que lograste.
—Qué importante.
—Es re importante no perder el disfrute. Siempre pienso cuando me pongo negativa: “Pará Flor, tenés tres hijos hermosos, sanos, pudiste formar dos familias ahora ensambladas. Llegué muy lejos en mi profesión, nunca imaginé que después de tantos años iba a seguir sintiendo lo que siento. Puedo vivir de lo que amo. Puedo disfrutar. Tengo a mi mamá conmigo y la estoy disfrutando un montón”. Es un ejercicio que hago todo el tiempo: tratar de conectar con esas cosas.
—¿Y el aquí y ahora, también?
—Es lo único. Lo que pasó, pasó. Una vez (Rafael) Nadal dijo algo que me encantó cuando le preguntaron cómo hacía para no enredarse en los partidos: “Es que si me quedo en la pelota que pasó no estoy jugando la que estoy jugando, y si pienso en la pelota que viene, no estoy jugando. Entonces, siempre es la pelota que estoy jugando. Ni la pelota que pasó ni la pelota que viene. Es esta pelota. Lo único que puedo hacer adentro de la cancha es jugar esa pelota”.
—¿Te sale?
—Muy pocas veces, pero te juro que cuando me sale es tan hermoso… Solo por esos momentos donde me sale, vale la pena. Es muy difícil el aquí y ahora, pero vale la pena intentarlo.
—Disfrutamos verte emocionada en Got Talent y vamos a bailar en Mamma Mía.
—Sí, por favor. Esas canciones son re necesarias en este momento. Cantemos ABBA y que explote el mundo. “You can dance”…
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