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La historia del exjugador de Estudiantes que fue compañero de Milei y ahora es abogado

Se trata de Manuel “Sopa” Santos Aguilar. Su carrera como futbolista le dejó varias anécdotas que quedaron plasmadas en una entrevista.

La historia del exjugador de Estudiantes que fue compañero de Milei y ahora es abogado

Manuel Santos Aguilar jugó en Estudiantes en tres etapas y fue parte del recordado plantel que volvió a Primera División en tiempo récord. Actualmente, tiene 54 años y trabaja en el Ministerio de Comunidad de la provincia de Buenos Aires. Tiene la particularidad de haber sido compañero de Javier Milei, ayudado a Martín Palermo en el Pincha y estar presente en la liberación de Nelson Mandela cuando pasó por Sudáfrica.

Nació el 12 de septiembre de 1969 en San Miguel de Tucumán y su vida dio varios bruscos giros. Sopa hizo las divisiones inferiores en San Lorenzo con el hoy candidato a presidente por La Libertad Avanza y hasta tuvo sus minutos en Cambaceres.

En su palmarés, figura la Copa Conmebol 1999 conquistada con Talleres de Córdoba, cuyo premio se diluyó con la llegada del corralito del 2001: “Al salir campeón con Talleres, nos iban a pagar 300.000 dólares a cada uno. Pero producto del corralito del 2001, nos pesificaron la deuda y al cambio te quedaban 45.000 de esa misma moneda. De esta manera, terminamos perdiendo mucha plata en base al acuerdo que habíamos logrado antes de la devaluación económica”, contó el jugador.

La historia de Aguilar tiene muchísimas particularidades y recientemente fue contada por él mismo a Infobae. Su paso por el fútbol, sus compañeros, el reiki, las promesas y el futuro.

LA ENTREVISTA COMPLETA

—¿Qué es de tu vida, Manuel?

—Soy representante de FIFA. No estoy al 100% porque soy abogado y estoy ejerciendo. Terminé la carrera deportiva e inicié la de abogacía, algo pendiente que tenía y con la idea de anexarlo con el fútbol-educación. Yo concluí el secundario en quinto año y no tuve la posibilidad de estudiar en una universidad porque debuté muy joven en Primera División. Hace un año estoy en el Ministerio de Comunidad de la Provincia de Buenos Aires y, a la vez, hago tareas privadas de seguro, sucesión y divorcio.

—¿Cuándo te recibiste de abogado?

—Hace diez años. Empecé a los 37 y me recibí a los 43 en la Universidad Católica de La Plata. Estoy abocado al derecho deportivo. Hice cursos que están ligados al deporte, como administrativo y contractual. Estoy peleándola, porque al salir un poco del sistema, me cuesta un poco volver a entrar. Me gustaría poder ingresar a trabajar en alguna institución, pero sigo insistiendo y esperando a tener alguna oportunidad. Vivo en La Plata y voy seguido a Estudiantes, pero en rol de padre porque tengo a mis hijos desarrollándose en ese club. Por ahí se me cortan los caminos, porque estoy lejos de CABA, donde se maneja todo el ambiente futbolístico.

—¿Cómo fueron tus inicios con la pelota?

—Hice Infantiles en River hasta Novena. Luego, me fui a San Lorenzo desde Octava hasta jugar en la Reserva. Debuté en Primera División en 1988.

—¿Qué tal fue tu paso por el Millonario?

—Fui seleccionado en una prueba por Ramos Delgado y Jorge Dominichi. Después, tuve varios técnicos y compañeros que llegaron a la Primera como Leonardo Astrada, Fernando Kuyumchoglu, entre otros. En esa época, no era habitual que muchos chicos puedan llegar a la máxima categoría.

—¿Por qué te fuiste de River?

—No reunía las características físicas y de ahí viene el apodo Sopa. Al ser chiquito me dijeron desde el club que sí quería podía quedarme un año más para ver sí crecía, producto de que tuve un desarrollo tardío. Pero como vivía cerca de San Lorenzo decidí dejar River, me probé en Boedo y quedé.

—¿A qué edad debutaste?

—A los 19 años, en 1988, pero había llegado en 1983. Salí campeón en la Sexta División con Lorenzo Frutos, entre otros. Con las nuevas tecnologías tenemos un grupo de WhatsApp y nos juntamos para recordar viejas épocas. Lo más sano en el fútbol son las juveniles e infantiles, donde uno hace amigos.

—¿En las Infantiles tuviste de compañero a Javier Milei?

—Estuvo atajando un año, más no. Integró una categoría de la que salieron Alejandro Simionato y Jiménez, que llegó hasta la Reserva y después le perdí el rastro. Fueron pocos los que llegaron a Primera, porque en esa época no le daban mucha importancia a subir juveniles. Milei fue arquero en la categoría 70. Estamos en el grupo con Pancho Ozzán, Gabriel Arena, Mariano Lisanti, quien hoy es el preparador físico del entrenador Leo Madelón, y ellos mandaron fotos al grupo diciendo que Javier había atajado un año. Yo a esa altura alternaba entre la Sexta y Primera División, por eso no estuve mucho tiempo con “La 70”, que en esa época era la mejor categoría de San Lorenzo. En Cuarta División te juntás con chicos de otras categorías, pero yo alternaba con la 67 y 68, que tenía al Flaco Moner, entre otros. Sucede que pasan tantos compañeros que alguno se te olvida.

—¿Cuándo debutaste en Primera División?

—En octubre de 1988, cuando San Lorenzo estaba jugando la Copa Libertadores. Fue de la mano del Bambino Veira. Integré un equipo mixto entre juveniles y de experiencia. Debutaron conmigo Gustavo Tempone y Diego Monárriz. Jugué con Néstor Gorosito ese partido. También con Carlos Castagneto, que era el arquero. Le ganamos a Vélez 6 a 3 en el José Amalfitani. Fue en la época de Los Camboyanos, con el Turco Sergio Marchi y Luis Malvárez, que eran los más grandes. Recuerdo que nos teníamos que bañar con agua mineral, porque no contábamos con agua de la canilla para bañarnos. Fue un momento muy duro el que atravesamos, más para los grandes que debían sostener una familia. Yo de pibe tal vez no tenía tantas presiones como varios de mis ex compañeros.

—¿Cuántos años jugaste en la Primera azulgrana?

—Hasta 1992, cuando quedamos afuera de la Libertadores de ese año. Hubo una limpieza grande en el plantel. Era un año electoral, no me dieron el pase y rescindí el contrato para irme a jugar a Sudáfrica.

—¿Cómo es jugar en ese país?

—Recién se estaban afiliando a FIFA y eran semiprofesionales. Al no tener nada en mi país fui para allá hasta que me llegara algo más interesante. Estuve cuatro meses y pegué la vuelta para sumarme en All Boys, que estaba en la B Nacional. Luego, me compra Estudiantes de La Plata, cuando competía en la segunda categoría y ascendimos a la A. Me quedé hasta 1998 y luego me fui a Colón de Santa Fe, pasé por Talleres de Córdoba hasta que volví a Estudiantes. En el 2001 me pegó fuerte la inestabilidad económica. Después, jugué en Almagro con el Beto Pascutti, Cambaceres, Douglas Haig en el fútbol del Ascenso, hasta que me retiré.

—¿Perdiste plata en el corralito?

—Sí. Hubo un parate de un mes y medio en el que los clubes hicieron un fideicomiso para pagar las deudas. En ese momento las instituciones se comprometieron y llevaron a cabo un acuerdo con el Banco Credicoop presidido por Carlos Heller. Al final, durante el corralito nos quedaron debiendo dinero porque cambió la economía. Entonces íbamos cobrando el sueldo, pero los premios y las primas no. A raíz de eso, Talleres me quedó debiendo porque nos consagramos en la Copa Conmebol 99. Habíamos arreglado 300 mil dólares y terminé percibiendo 45 mil de la misma moneda. Nos pagaron las tres primeras cuotas y, cuando explotó todo en el 2001, empezamos a cobrar en pesos argentinos, porque nos pesificaron la deuda que teníamos, y terminé perdiendo mucha plata.

—¿Por qué dijiste en su momento que Estudiantes te devolvió la vida?

—Yo a San Lorenzo lo adoro porque fue mi segunda casa. En ese club nací, pero Estudiantes de La Plata me adoptó como un hijo. Pasan los años y el Ciclón sigue siendo el mismo. La diferencia entre ambos es que el Pincha a los pibes les da oportunidades y San Lorenzo no, no los banca. Entonces, en marzo del 93, por un capricho de la dirigencia azul y roja quedé libre y tuve que remarla de nuevo. Porque me devolvió las ganas de vivir, de jugar nuevamente en Primera División. Desde chico, hice un esfuerzo grande para ser profesional y por un problema personal con la dirigencia azulgrana cuando debuté en Primera, no pude seguir desarrollándome en esa categoría.

—¿Qué problema tuviste en San Lorenzo?

—Recuerdo que una vez tuve una discusión con el expresidente Fernando Miele. Yo quería hacer respetar mis derechos y me llevé una camiseta mía a mi casa y me querían cobrar 100 dólares. Les dije “me vas a cobrar esa plata por una camiseta de mierda”, pero ellos lo malinterpretaron porque yo no lo dije por los colores, sino por la prenda y la marca en sí. Cuando fui a cobrar, me descontaron lo de la camiseta. Además, al otro día fui a entrenar y me dijo el entrenador Areán que me habían suspendido por 15 días. Me comí esa suspensión y luego participé de la Libertadores. Cuando quedamos eliminados, hubo una limpieza en el plantel y me rajaron.

—¿Un capricho de Miele fue lo que hizo que dejaras San Lorenzo?

—Sí. Más que nada fue en la época de 1992, cuando me llamaron para ver qué pensaba hacer, tras quedar afuera de la Libertadores. Les dije “el error es de todos. De ustedes (los dirigentes), de los jugadores y el cuerpo técnico, porque no cumplimos con el objetivo que nos planteamos”. Entonces, al dirigente, cuando lo confrontás, no le gusta. Me hicieron la cruz y tuve que irme. Además, les critiqué las contrataciones que hicieron, que no fueron las mejores. Habían rajado al Nano Areán como entrenador y fue un cimbronazo para el plantel. Ahí fue que me dijeron que no me iban a tener en cuenta.

—¿En Estudiantes le enseñaste a hacer reiki a tus compañeros?

—Sí. El reiki es una energía universal y en ese momento la necesitábamos. Hoy en día todo es válido. Recuerdo que en las concentraciones me la pasaba leyendo un libro de los monjes tibetanos. Es más, en esa época hice un curso para recibirme de reikista, y un día el Profesor Daniel Córdoba, nuestro entrenador, en una charla me felicitó delante de todos y esbozó “un aplauso para el Sopa que se recibió de reikista”. Los pibes no tenían ni idea de lo que era eso. Empezaron a preguntarme y yo les decía “energía universal”. Entonces, a Martín Palermo le gustó la idea, me preguntó y me pidió que le haga reiki.

—¿Qué hiciste?

—Le dije que sí, pero en una habitación del hotel, porque en el hall me iban a volver loco. Entonces, terminamos de cenar, fuimos a la habitación, le puse una música que siempre llevaba, le hice una imposición de manos que te relaja y se terminó durmiendo. Fue en la noche previa al partido con River que terminamos ganando por 4 a 1. Luego, en el festejo en unos de los goles él hace el símbolo cuando nos juntamos en el córner, nos sentamos junto con Lionel Scaloni, Bernardo Romeo, Martin Fúriga, el Loco Palermo y yo a festejar el tanto de esa manera.

—¿Es cierto que te hiciste un tatuaje en la cara producto del reiki?

—Sí. Cuando me fui a Talleres hice una promesa y la cumplí. Me tatué un tercer ojo porque salimos campeones con la T en la Conmebol. Mis compañeros decían que yo era parte de una secta, que me habían llenado la cabeza y que por eso me hice el tatuaje, pero nada que ver; quise ser original pero luego con el tiempo me lo saqué.

—¿Que tal fue vivir en Sudáfrica con costumbres distintas a las nuestras?

—Estuve cuatro meses. Era semiprofesional y la ropa, por ejemplo, te la llevabas a tu casa, las tenías que lavar y ponértela al otro día para ir a entrenar. En el fútbol argentino la dejás en el club y te la lavan para el otro día. Los sudafricanos tienen muy buen técnica, dominio del balón, pero son muy inocentes y brutos. Te daban patadas de atrás, que acá son para tarjetas rojas, allá te sacaban amarilla o no cobraban nada. En ese país hay muchas colonias. Yo vivía en Ciudad del Cabo, donde existen colonizaciones alemanas, portuguesas, inglesas y holandesas. Vivía en un hotel céntrico y podía observar lo que fue en el centro de la ciudad el pedido para la liberación de Nelson Mandela.

—¿Qué recordás de ese hecho histórico?

—Yo estaba parando en un hotel en Johannesburgo con Monárriz y Osvaldo Natalio Nartallo. Teníamos 23 años y nos pedían que no saliéramos a las calles, que nos quedáramos en la habitación. Estábamos en el piso 12 y observábamos por la ventana un mundo de gente que caminaba al mismo ritmo de un lado para el otro y te daba miedo. Mirábamos desde arriba y decíamos “ni locos salimos a las calles”.

—¿Qué te llevó a colgar los botines?

—Dejé a los 35 años. Físicamente estaba para seguir jugando. Se me fueron cortando las oportunidades de jugar en clubes de Primera. Fui decayendo anímicamente y no tuve ese golpe de suerte de que me llamara algún equipo que me interesara. Estaba en Almagro y me tuve que ir. Recalé en Defensores de Cambaceres y colgué los botines en Douglas Haig.

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