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Cuando con Dios no alcanza, cuando la espera se vuelve larga y el dolor no admite postergaciones, las devociones populares apagan la urgencia. Así lo escribió Patricio Eleisegui en Paganos, y esa idea volvió a cobrar sentido este 8 de enero en La Plata, donde – como en todo el país y especialmente en Mercedes (Corrientes) – el Gauchito Gil fue otra vez el centro de una celebración multitudinaria que mezcló rito, música, agradecimiento y necesidad.
Desde temprano, el rojo marcó el pulso del día. Velas encendidas, pañuelos al cuello, banderas de promeseros y altares improvisados aparecieron en distintos puntos de la ciudad. El santuario de San Carlos concentró buena parte de la convocatoria, pero no fue el único: en barrios periféricos, centros culturales y ermitas levantadas al costado del camino, el Gauchito volvió a ser ese santo cercano al que se le habla “con el corazón” y se le paga con vino, cigarrillos y chamamé.
Antonio Mamerto Gil Núñez —el gaucho correntino convertido en mito— llegó a La Plata hace décadas, de la mano de sus devotos, muchos de raíces litoraleños; pero hoy el culto se extiende a gran parte de la población.
Lo precede su fama de justo y cumplidor, de no preguntar demasiado ni exigir conductas ejemplares; porque en torno suyo se articula una religiosidad que no discute dogmas ni permisos: simplemente cree, pide y agradece.
La escena se repitió a lo largo del día. Familias enteras acercándose al altar, promeseros vestidos de rojo, músicos afinando acordeones, mesas largas con comida compartida. Agua florida, empanadas y vino tinto; y el chamamé funcionando como llamado y refugio, como si el cuerpo tuviera que bailar para que la promesa se cumpla.
En los muros, banderas con nombres y lugares: barrios del Gran La Plata, ciudades del conurbano, provincias del litoral. Historias de migración, trabajo precario y pérdidas que encuentran en el Gauchito una forma de reparación. Una fe que, como escribió Eleisegui, nace fuera de los muros de la Iglesia y convierte a hombres y mujeres de carne y hueso —pobres, perseguidos, condenados— en santos pecadores, urgentes y cercanos.
Este 8 de ciembre, en La Plata, las ofrendas se acumularon a los pies de los altares: cartas, fotos, monedas, prendas, flores de papel; y, sobre todo, vino, cerbeza y cigarrillos. Y las velas casi consumidas delatando que la celebración había empezado muchas horas antes. Porque el santo no es solo devoción: es también un espacio donde se calma el hambre, se abraza al otro y se vuelve a pertenecer.
Entre los fieles, los testimonios se repitieron sin necesidad de preguntas. Promesas por hijos, nietos, enfermedades, separaciones y trabajos que nunca llegaron. Relatos que se dicen bajito y se sostienen en la certeza de haber sido escuchados. Cada historia refuerza el mito y lo mantiene vivo, como una cadena que no se corta.
Desde los años noventa, al ritmo de la falta de trabajo y las migraciones internas, los santuarios del Gauchito se expandieron por todo el país. La Plata no fue la excepción. En sus barrios, la devoción se volvió costumbre los 8 de cada mes, cuando el Gauchito “anda bailando” con su gente.
Cae la noche y las últimas canciones suenan, y el payé empieza a aflojar. Pero todavía las velas titilan, los cuerpos cansados danzan y alguien se persigna antes de entrar. El Gauchito, dicen, ya cumplió por hoy. El también se irá hasta el próximo 8, cuando vuelva a aparecer entre velas rojas y chamamé, para recordar que hay una fe que no espera el cielo: se juega acá, ahora, y con los pies bien plantados en la tierra.

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