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Por: Fernando Sauer
Viví en Tornquist de muy chico. Fui a la Escuela Rural N.º 13, sobre la Ruta 33, y cursé la secundaria en el pueblo. Mi viejo trabajaba en uno de los campos cercanos y, aunque Tornquist es una ciudad, nosotros siempre le dijimos «el pueblo».
Hace muchos años que no vivo ahí, pero soy de ahí. Por eso, leer durante toda esta semana sobre el difícil momento que atraviesa mi pueblo me entristece profundamente.
Lo que significaba la papelera
Para quienes vivíamos allí, conseguir un trabajo en la papelera era casi salvarse. Cualquier trabajador rural que tuviera la posibilidad de acceder a un puesto en la fábrica no lo pensaba dos veces: los ingresos eran mejores y las condiciones laborales también marcaban una diferencia importante.
Lo digo especialmente para quienes proponen, desde una mirada simplista, que la salida de Tornquist es más infraestructura turística o más trabajo en el campo. Por supuesto que el turismo debe desarrollarse y que la actividad agropecuaria es fundamental para la región. Pero no nos engañemos: históricamente, los salarios de esos sectores han sido inferiores a los del sector industrial. ¿Conocen algún país desarrollado que no tenga una industria fuerte?
Nada es apolítico
Quizás muchos estén descubriendo ahora que nada es apolítico: las políticas de Estado que promueve un gobierno impactan de lleno en la vida cotidiana y en los hogares. Tal vez la frase «gobierne quien gobierne, yo me tengo que levantar y trabajar todos los días» empiece a perder sentido. Porque no, no es lo mismo quién gobierna. Importan las ideas, importan las decisiones y sus consecuencias.
Quizás sea momento de escuchar más las propuestas y discutir ideas, en lugar de limitarnos a atacar a una persona: discutir proyectos, modelos de país y políticas económicas.
¿Vieron lo que pasa cuando se defiende la libre importación con el argumento de que así podemos comprar unas zapatillas unos pesos más baratas? Quienes sostienen que las industrias cierran porque los empresarios argentinos no saben competir, y que durante los gobiernos llamados populistas pescaban en una pecera, tal vez ahora puedan ver que el problema es bastante más complejo. No se trata solo de la capacidad de los empresarios: también importan las condiciones macroeconómicas en las que deben producir. Con el dólar barato y una economía que pierde competitividad, producir en Argentina se vuelve mucho más difícil frente a los productos del exterior.
Con el turismo pasa algo parecido. Durante años, los extranjeros venían a gastar sus dólares o euros porque, además de tener un territorio maravilloso, Argentina resultaba económicamente conveniente. Hoy, un español, un francés o un estadounidense se sorprende al descubrir cuánto cuesta comer o comprar acá.
Las preguntas que hay que hacer
Dicho esto, y convencido de que de las adversidades también se puede aprender, quisiera hacer públicas algunas preguntas:
¿Qué va a pasar con la planta instalada sobre la Ruta 33? ¿Qué va a pasar con los 160 trabajadores que hoy quedan afectados por el cierre, cuando en otras épocas la papelera llegó a emplear a más personas? ¿Podrán el municipio y la provincia, con el acompañamiento de otros organismos, articular una solución?
Porque no se pierde solamente una fuente de trabajo. Se pierden oficios, experiencia, conocimientos técnicos y trabajadores calificados que llevaron años de formación. Trabajar en la papelera no era moco de pavo, y ese saber tiene un valor que no podemos desperdiciar.
Una salida posible
¿Se pensó en formar una cooperativa de trabajadores que utilice la infraestructura existente y recupere la producción? ¿Una empresa en la que los propios empleados sean los dueños y quienes toman las decisiones? ¿Suena demasiado zurdo? ¿Desde cuándo la posibilidad de que los trabajadores sean dueños de los medios con los que producen debería descartarse de antemano?
¿Por qué no pensar en una comunidad que se organice para buscar soluciones? El INTI y las universidades, como la Universidad Nacional del Sur y la Universidad Nacional de La Plata —de la que conozco su participación en distintos proyectos de recuperación de plantas productivas y fuentes de trabajo—, junto con el municipio y la provincia, podrían articular conocimientos, recursos y voluntades para estudiar la posibilidad de volver a poner en marcha la fábrica.
Podría pensarse en una planta de reciclado de papel y cartón de las localidades de la región, en la fabricación de envases y otros productos, o incluso en un espacio industrial donde convivan distintas actividades productivas y de generación de valor agregado.
No digo que sea sencillo ni que alcance con las buenas intenciones. Habrá que estudiar costos, estado de las instalaciones, maquinaria, mercados e inversiones necesarias. Pero al menos deberíamos poner esas posibilidades sobre la mesa antes de resignarnos a ver cómo se pierde una infraestructura industrial de semejante importancia.
Seguramente haya gente pensando en todo esto. Pero estaría bueno que dejemos de producir solamente noticias de lamento, pronósticos de desánimo y expresiones de desesperación. En Tornquist no faltan ideas ni fuerza para salir adelante. Ojalá pronto las redes se llenen de noticias sobre proyectos, iniciativas y una comunidad que se organiza, que articula los saberes de sus trabajadores con los de las universidades y los organismos técnicos, y que encuentra en el municipio y la provincia aliados para construir una solución.
Ojalá «la papelera» no se pierda. Ojalá pueda ser una nueva oportunidad para demostrar que no es el individualismo lo que saca adelante a una comunidad, sino la unión, la organización y la capacidad de trabajar por un proyecto común.
Una historia familiar
Quiero terminar con una historia que, de alguna manera, explica por qué pienso como pienso.
Mi abuelo no terminó la escuela primaria. Vivía en Santa María, en la Colonia 3 de Coronel Suárez. Era un hombre rústico, podría decirse, pero muy sabio. Una vez me contó que, cuando trabajaba junto a mi abuela en el campo y ella estaba embarazada de su primer hijo, llegó el momento del parto. Fue a pedirle permiso al patrón para llevarla en carro hasta el pueblo, donde podría dar a luz en la casa de su madre, asistida por una partera. El patrón se lo negó: le dijo que podía parir tranquilamente ahí, en el campo.
Y así fue. Mi papá nació en medio del campo, en 1951, y el cordón umbilical fue cortado con un cuchillo de cocina.
Ese abuelo, que vivió de cerca las desigualdades y las injusticias de su época, me dijo muchas veces que prefería «el peor gobierno peronista antes que el mejor gobierno de derecha». Hoy esa frase sigue teniendo sentido para mí. Y todavía me cuesta entender cómo un pueblo que atravesó tantas dificultades puede seguir creyendo que los intereses de los grandes empresarios son necesariamente los mismos que los de sus trabajadores, o que si a los ricos les va bien, a los pobres también les irá bien. La famosa teoría del derrame, que tantas veces nos prometieron, ya demostró sobradamente sus límites.
Quizás sea hora de dejar de discutir personas y empezar a discutir qué país queremos, qué pueblo queremos y qué futuro estamos dispuestos a construir.
Que la papelera no se pierda. Que Tornquist no se resigne.

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